domingo, 25 de noviembre de 2007

El hombre que bailaba con las olas del mar


Por su edad era un hombre joven, pero sus ojos siempre me dijeron lo contrario.
Su mirada escondía, la sabiduría de las personas que han vivido mucho, incluso demasiado, una mirada serena, que sin embargo, si eras capaz de mantenerla el tiempo suficiente, vislumbraba un leve destello de cólera, que duraba tal vez menos de un segundo, cómo el de una estrella fugaz, pero que dejaba en el alma el sabor agridulce de la melancolía y mostraba tras de si la profunda tristeza que ocultaba su corazón.
Le conocí por casualidad, en el bullicio de una fiesta en la que posiblemente ni el ni yo queríamos estar, en la que nadie era quien decía ser, todo un festival de máscaras, en dónde todos vestidos de punta en blanco estrenaban sus mejores sonrisas fariseas para correr detrás de un fin.
Como el me dijo, tiempo después, todos corrían hacia alguna parte, menos tú que también corrías pero no ibas a ningún lado y yo que hacía tiempo que había dejado de correr.
Tal vez fue en aquel instante, en el que nuestras miradas se fundieron, en aquella maraña de vanidades, cuando nos hicimos amigos para siempre.
Aquella primera noche no hablamos demasiado, no hizo falta hablar, para que de un solo vistazo, el fuese capaz de verme por dentro, como si a través de su retina pudiese escanearme el alma.
Yo llevaba demasiado tiempo encerrada en el laberinto, tanto que hasta se me había perdido el minotauro, no recordaba si yo misma había diseñado, aquellos estrechos pasillos, lo que tenía claro era que no era capaz de salir, casi tan claro como el tenía que no sentía ninguna vocación de Teseo y que no había llegado hasta allí para salvarme.
Aquella noche como en tantas otras yo también llevaba una máscara, una que hasta el momento me había dado muy buenos resultados, ya que aunque siempre estaba rodeada de gente nadie había llegado a descubrir mi rostro, hoy entiendo que no por la calidad de mi disfraz, si no porque hacía mucho tiempo que nadie me miraba, que nadie quería ver en mi, nada más allá de lo que yo mostraba, algunos porque estaban tan perdidos como yo en sus propios laberintos, y otros porque sabían que si levantaban el antifaz seguramente lo que hallasen no resultaría cómodo y sería muy poco rentable.
Recuerdo que miró mi copa, y me dijo que podía ver mis secretos, no cabía la menor duda de que era un gran seductor, y no le di el menor crédito a su comentario, me limite a mantener el coqueteo como pude, ya que yo nunca he tenido mucho arte en esas lides y él sin embargo jugaba en modo profesional.
La sorpresa vino días más tardes cuando al abrir mi correo electrónico encontré un e mail suyo en el que realizaba una fotografía tan exacta de mi vida que llegue a sentir pánico.
Parecía poder leer en mi interior, como si toda mi estructura fuese transparente, yo que me tenía a mi misma por un código bien encriptado.
Veía cosas en mí que ni siquiera yo era capaz de ver, o debería decir que yo no quería mirar.
Durante los meses siguientes los correos se fueron sucediendo y en cada uno de ellos, resucitaba una parte de mi misma, partes de mi que el dolor había anestesiado, convirtiéndome en una especie de mujer en coma profundo, que vivía como un autómata la vida de los demás para no observar los restos del naufragio, para no tomar conciencia de que la suya había sido declarada hace tiempo zona catastrófica.
Cuando volvimos a vernos, yo seguía encerrada, pero al menos había dejado de decorar las paredes del laberinto, ya no quería estar cómoda allí, quería escaparme aunque perdiese la vida en el intento, aunque tuviese que escalar las paredes y tirarme al vacío.
Al encontrarme de nuevo con sus ojos, yo también pude ver su máscara, una máscara mucho más sutil que la mía, pero muchísimo más sólida, una barrera a la que dejaba acercarse a todos y en especial a todas, pero que jamás abría, pero la barrera no me separaba de su corazón, porque yo la estaba viendo desde dentro, y aunque dudo que jamás lo reconozca yo leía en su alma igual de fluidamente que el en la mía, quizás porque en el fondo no fuesen tan diferentes.
Meses después salí del laberinto, y como antes anticipaba, no fue por la puerta, salí en caída libre y apunto estuve de no contarlo, pero en cuanto pude poner los pies sobre el suelo, llena de magulladuras, tome un avión y fui en su busca, sabía que no iba a curarme las heridas, que la condescendencia no figuraba en su vocabulario y que no sería indulgente con mis errores cómo tampoco lo era con los suyos, también sabía que la nuestra no era una historia de amor, pero tenía claro que sus abrazos de corazón a corazón, me inyectarían la fuerza necesaria para reconstruir el imperio empezando por mi misma, o para empezar desde cero en cualquier otro lugar.
Aunque en aquel momento yo ya sabía mucho de su vida, y sabía dónde residía el fogonazo de cólera, que tan largo tiempo llevaba ocultando en una caja de los truenos que siempre temió que se abriera arrasándolo todo, estaba en lo cierto, había vivido mucho, había vivido demasiado, como un alma errante buscando fuera su sitio, tal vez porque no lo encontró dentro, pero no entendí lo que decían sus ojos hasta que no me mostró su mundo, entonces entendí de dónde nacía aquella serenidad, que se encontraba ahí, para todo el que quisiese verla, entendí que tal vez, en lugar de estrellarme contra los muros de mi propia cárcel debí apretar el botón de salida que siempre estuvo al alcance de mis manos aunque yo no pudiera verlo, y aprendí a contemplar la caída de las hojas de los árboles, y el comportamiento de los perros, que a diferencia de nosotros sólo pelean hasta que uno de ellos comienza a llorar y aprendí a ver la vida desde fuera, observarla a cámara lenta, en lugar de continuar corriendo sobre una cinta andadora interminable, que me agotaba sin llevarme a ninguna parte, y aprendí cogida de su mano a bailar con las olas del mar, aprendiendo a oírlas venir antes de que llegaran a mojar mis pies.
No puedo decir que mi vida hoy sea un remanso de paz cómo tampoco lo es la suya, pero puedo decir que existió un antes y un después de conocerle y que ahora se lo que es la paz, como el me diría al 30%, y camino hacia ella lentamente, observando los acontecimientos.
Las cosas podrían haber sido diferentes, él podría haberme salvado, yo habría estado encantada, podríamos habernos enamorado y haber sido felices, o no haberlo sido, pero al no salvarme, me hizo el mayor regalo que me han hecho en toda mi vida, me enseño a salvarme a mi misma, a cuidarme y a quererme cómo antes sólo sabía cuidar y querer a otros.
Tal vez me equivoque cuando dije hace unos párrafos que la nuestra no era una historia de amor, y debí decir que la nuestra no fue una historia romántica, fue una historia de amor con Mayúsculas, de ese amor sin pretensiones como es el amor por uno mismo y que sólo son capaces de entender unos ojos con la edad de los suyos.

1 comentario:

Chiki dijo...

Bienvenida al mundo blog :-)
Besos
Chiki